Al principio me quedé pensando si el estríper
traía una sotana porque se sentía la versión pirata del protagonista de Matrix o
si más bien su vestuario estaba inspirado en los versos del Seminarista
de los ojos negros. El asunto es que, acostumbrada a ver esas sotanas
negras siempre en otros ámbitos (la infancia en escuela de monjas, el
catecismo, los retiros espirituales, la iconografía y el imaginario de cientos
de libros de vidas de mártires y religiosos; y más adelante, en la universidad
en la carrera de filosofía con mis compañeros seminaristas, en las múltiples
ocasiones en las que me sentí comprometida a asistir a alguna ordenación
sacerdotal o a las misas; y qué decir que cuando de cuando tenía que tomar clases en los
salones del seminario y deambular por sus pasillos) el hecho de verla de súbito
ahí, sobre el pequeño escenario central, bajo las luces intermitentes, el humo
y la estridencia de una música que pretendía provocar un ambiente de cierta
sacralidad barata con remixes gregorianos, me produjo un efecto ambiguo, trajo a
mi memoria la imagen de una fotografía de Duane Michaels donde aparecen dos
hombres, uno lleva una sotana y con un crucifijo que hace las veces de arma
apunta a la sien del otro.
Perdida en mis elucubraciones no me di cuenta cuando el chico se despojó
de la sotana. Los estrípers me han
causado siempre una sensación de tristeza dulzona, no sé por qué. Recuerdo el
primer estríper que vi en mi vida. Fue en el año 2004, era un miércoles de
abril, salíamos de un taller de guión con el escritor tamaulipeco Óscar
Martínez Vélez y alguien propuso ir a un lugar que supuestamente estaba de moda
por esos tiempos. Era miércoles así que el lugar estaba prácticamente vacío,
pedimos unas cervezas y estuvimos platicando, yo no tenía ni la menor idea de
que cerca de la medianoche habría un espectáculo de estrípers, y por supuesto menos tenía idea de cómo era un show de
tal naturaleza. El caso es que de pronto y salidas de la nada, una parvada de
chamaquitas de grito histérico abarrotaron el establecimiento y eso fue el
detonante para que iniciara el show.
A unos cuantos metros de mí estaba una pequeña pista redonda, a ella
subió un muchacho no demasiado joven (tendría entre veinte y veinticinco años),
no era un casi adolescente como muchos que he visto después, no, era un hombre
joven, de tez aperlada, de complexión no tan delgada sino más bien con una
tonificación muscular regular, su cabello era castaño y sus ojos claros. Guapo,
muy guapo, con ese atractivo de ciertos hombres que parecen niños grandes.
Recuerdo que su belleza sobresalía en aquel lugar de sillas más bien mugrientas
y de mal gusto. Recuerdo nítidamente, no su mirada, ni sus movimientos de
delicada parsimonia, sino la sensación que aquella imagen provocó en mí. Lo que
yo sentí al ver el primer estríper de
mi vida, definitivamente fue ternura. Había algo en su mirada, no tenía esa
actitud socarrona o soberbia que he visto en otros. Había una cierta melancolía
no sé si real o ficticia, no sé si suya o proyectada a través de mi mirada ¿importa?
La desnudez de aquel hombre fue en todo caso algo más que el referente corpóreo
de un contoneo premeditadamente sexual: fue en ese instante y para siempre la nostálgica
exhibición de un cuerpo que se sabe deseado, objeto de deseo.
Cuando volví al presente el estríper
con sotana era sólo un cuerpo fugaz en movimiento, pliegues de tela oscura,
memoria reciclándose, contemplación.
Al final la sotana quedó sobre el pequeño escenario, inmune, casta.