
Wikipedia los define como máquinas que realizan algunas tareas domésticas rutinarias. Los hay de línea marrón (de audio y de video) y de línea blanca (vinculados con la cocina y la higiene). Yo pienso en los electrodomésticos (y en otros utensilios caseros) como pequeños acompañantes del hogar. Pero claro, me refiero a esos refrigeradores, estufas y lavadoras que duraban años y años, que llegaban, por así decirlo, a formar parte de la familia. Tal vez parezca que exagero, pero no creo mentir si digo que la gente se encariñaba con ellos. Pienso en mi cafetera Hamilton Beach que la semana pasada, luego de nueve años de servicio, dejó de funcionar. Alguien me dijo: pues compra otra y listo. Es verdad, ahora es más barato y fácil comprar un nuevo microondas, licuadora o plancha, que mandarlos arreglar. Pero resulta que me afecta deshacerme de mi cafetera que ha ido conmigo de departamento en departamento, de relación en relación. En la bonanza y en la penuria, ha vivido conmigo la transición de tomar café a rabiar en madrugadas de vigilia, a su básica función de los últimos días, que consistía sólo en calentar agua para mi té (¡malhaya estos tiempos descafeinados y deslactosados!).
No sólo mi cafetera, también mi licuadora se descompuso. Qué decir de mi lap que tras haber sufrido el derrame de un te, pasó a mejor vida (2005-2009 q.e.p.d.). Fue a raíz de estas pérdidas que navegando en la red descubrí que todos los electrodomésticos que al inicio le pedí que imaginara, realmente existen. La domótica –domus (casa en latín) y tica (en griego, 'que funciona por sí solo')– combina performance, estilo y funcionalidad. Se trata de vivir en hogares inteligentes, digitales. Esa es la tendencia. Sin embargo, en mi anacronía voluntaria sigo resistiéndome a ir al supermercado a comprar una cafetera nueva, a tirar la carcasa de mi ordenador dañado. Supongo que prefiero (válgase el antónimo) un hogar tonto.



